Argumento
Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había
hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el
mundo la llamaba Caperucita Roja.
Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su
abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole
que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso,
ya que siempre andaba acechando por allí el lobo.
Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en
camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar
a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre
se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas...
De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella.
¿A dónde vas, niña? le preguntó
el lobo con su voz ronca.
A casa de mi abuelita le dijo Caperucita.
No está lejos pensó el lobo para sí,
dándose media vuelta.
Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores:
«El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela
se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores
además de los pasteles.»
Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente
a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita.
Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada
del lobo.
El lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada,
se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar
mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta. La
niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy
cambiada.
Caperucita Roja, ilustración de Albert Anker.
Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!
Son para verte mejor dijo el lobo tratando de imitar la voz
de la abuela.
Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes
tienes!
Son para oírte mejor siguió diciendo el lobo.
Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes
tienes!
Son para...¡comerte mejoooor! y diciendo esto, el lobo
malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró,
lo mismo que había hecho con la abuelita.
Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo
adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo
a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a
un serrador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la
casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.
El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo.
La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.
Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras
y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su
pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió
a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho,
cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.
En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran
susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección.
Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido
que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría
las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.
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